Muy
buenas tardes tengan todos ustedes, un gusto estar en esta oportunidad
acompañado de todos ustedes.
Señor
gobernador del estado de San Luis Potosí, gracias por sus
amables comentarios, en nombre de todos los asistentes, nuestro
agradecimiento por la invitación para acompañarle.
Señor
secretario general del Gobierno del Distrito Federal y representante
del jefe de Gobierno.
Señora
directora general del Fondo de Cultura Económica y representante
personal de la señora secretaria de Educación Pública.
Señor
presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
Señor
presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial
Mexicana.
Señor
director de la Facultad de Ingeniería.
Los
señores exdirectores de la propia Facultad que están
aquí presentes.
Muy
estimadas, muy apreciados ex directoras y ex directores de entidades
académicas de la Universidad Nacional Autónoma de
México.
A
los muy apreciados intelectuales, académicos, científicos
que nos hacen el favor de acompañar; ejemplifico con el
caso de Jorge López Páez, Premio Nacional de Ciencias
y Artes. Muchas gracias por estar todos ustedes presentes.
A
las señoras y señores representantes de los medios
de comunicación, y a todos con quienes contamos en esta
oportunidad.
Para
la Universidad Nacional Autónoma de México es motivo
de gran satisfacción y orgullo que la Feria Internacional
del Libro del Palacio de Minería llegue este año
a su trigésima edición. A lo largo de tres décadas
ha cumplido con el propósito de promover la lectura, y
de dar a conocer a la sociedad mexicana y a la comunidad universitaria
las novedades de la industria editorial. Es, como otras ferias,
un proyecto cultural de altos vuelos, que se ha consolidado en
la aceptación de la colectividad.
En
esta ocasión nos da mucho gusto tener como estado invitado
a San Luis Potosí, que nos presentará algunos de
sus fondos editoriales, como la colección de nuevos autores
potosinos y el fondo editorial de El Colegio de San Luis.
En
nombre de nuestra Universidad Nacional, expreso un reconocimiento
a las 34 entidades universitarias participantes, así como
a la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana,
al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y, por supuesto,
al gobierno de la Ciudad de México. Sin su intervención
decidida, esta feria no tendría el éxito que podemos
anticipar, por ello, a todos muchas gracias.
De
igual forma, quiero destacar la labor realizada por la Facultad
de Ingeniería en la organización de este evento
que, por derecho propio, se ha constituido en una de las mayores
tradiciones culturales de nuestro país y, en especial,
de la Ciudad de México.
Hace
30 años, en la Facultad de Ingeniería se decidió
retomar la iniciativa del rector Vasconcelos quien, en los albores
de los años 20 del siglo pasado, y en este mismo sitio,
organizó la primera feria del libro mexicano, como una
de las acciones que puso en práctica en favor de la educación
pública y la cultura de nuestra sociedad. Afortunadamente
esta iniciativa ha rendido frutos y hoy se registran en el país
más de 400 ferias para promover el libro.
La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería sigue nutriéndose del mismo entusiasmo y ánimo con
el que este esfuerzo universitario nació. Ha sido y sigue
siendo una muestra del compromiso de la Universidad Nacional con
la cultura del pueblo mexicano.
La
cultura es, sin lugar a dudas, esencial para el desarrollo integral
de los individuos. Es un elemento indispensable en la transformación
y desarrollo de cualquier comunidad. Sin desarrollo cultural una
sociedad se estanca.
En
la historia del México moderno, el estímulo al desarrollo
cultural ha provenido, en parte, de las universidades; para estas
instituciones, la creación, el fomento, la difusión
y la extensión de la cultura en todas sus expresiones,
son parte de su quehacer sustantivo, de sus obligaciones con la
sociedad.
Las
universidades han contribuido, de manera significativa, a conformar
la riqueza cultural de México y a fortalecer su infraestructura
cultural. En nuestra casa de estudio siempre ha prevalecido la
convicción de que la cultura es un componente fundamental
de la educación, que se proporciona a los estudiantes ya
que, además de enriquecer la vida académica, favorece
un desarrollo social más armónico y contribuye a
formar mejores ciudadanos.
A
lo largo de su historia, la UNAM ha propiciado el encuentro de
ideas y pensadores, de pensadores y publicaciones, de publicaciones
y lectores. Es en esta perspectiva que se debe ubicar este evento.
En
las últimas semanas hemos visto que la ciencia convoca,
que la sociedad responde, que lo hace cuando, por ejemplo, los
astrónomos invitan a la noche de las estrellas, o cuando
se inician los festejos por el bicentenario del nacimiento de
Darwin y el sesquicentenario de su obra cumbre El origen de
las especies.
Durante
los próximos días constataremos, una vez más,
que el libro también convoca multitudes, que veintenas
de miles de personas acudirán a este recinto; que en la
sociedad hay miles de niños, de jóvenes, de adultos
y ancianos interesados en la lectura; que las familias encuentran
deleite en visitar estos espacios; que para muchos el libro es
un artículo de primera necesidad y la lectura una de las
actividades más placenteras.
Esto es así porque el libro es aventura e imaginación,
fuente de conocimiento y de placer, mecanismo de aprendizaje y
de exploración, punto de partida y de destino, camino y
encrucijada, forma de diálogo y de auto exploración,
compañía y vehículo de traslado.
En
los últimos 30 años, en los que de manera ininterrumpida
se ha organizado este espacio, muchas cosas han ocurrido. El mundo
entero ha adquirido otra fisonomía. En las últimas
tres décadas vivimos guerras y graves crisis petroleras,
terminó la Guerra Fría, se derrumbó el muro
de Berlín y se pretendió imponer la visión
del mercado como dogma predominante en la conducción de
las economías, e incluso en la planeación del desarrollo
de las naciones. Esta pretensión ha sido autoderrotada
por la crisis financiera actual.
También
en estos 30 años hemos visto desarrollos impresionantes
en materia científica y tecnológica. El conocimiento
científico se ha convertido en una fuerza productiva directa.
El desarrollo de la ciencia y la tecnología ha impactado,
como pocas veces, en la historia de la humanidad, en casi todos
los aspectos de la vida cotidiana. Cuando la Feria arrancó
su camino, no había telefonía celular, no se contaba
con computadoras personales, la Internet existía en la
imaginación y en el campo, por ejemplo, de las imágenes
médicas o de la cirugía robótica, era incipiente.
Desafortunadamente,
éstos y muchos otros cambios no parecen implicar un progreso
verdadero. A pesar de los avances, continuamos arrastrando profundas
y ancestrales injusticias, exclusiones y desigualdades extremas.
México no es la excepción, seguimos teniendo problemas
de fondo, estructurales, de siempre. Ahí siguen los millones
de mexicanos que viven en condiciones de pobreza extrema, afectados
por el desempleo, la ignorancia y el analfabetismo, por el hambre
y la enfermedad.
A
las viejas injusticias ahora se suma la falta de expectativas
entre los jóvenes y su incertidumbre en torno a la existencia
de un futuro mejor. Resulta indispensable generar las condiciones
y efectuar las acciones pertinentes para estimular el ánimo
y la esperanza entre los jóvenes mexicanos.
Por
supuesto que, para ello, en nuestro país hay enormes posibilidades
de contar con un porvenir mejor al que hoy parecen enfrentarse.
Debemos
hacer un alto en el camino para examinar las fallas de nuestra
generación; tenemos que aceptar que los avances no se han
convertido en mejoras del bienestar y la calidad de vida de la
mayor parte de la sociedad; que los adelantos no se han traducido
en el logro de una sociedad más justa, más incluyente,
menos desigual; que hemos ganado confort y hemos perdido principios.
El
año pasado, en la ceremonia inaugural de la Feria, expresé
mi preocupación por la existencia de seis millones de mexicanos
que no saben leer ni escribir. Hoy lo reitero, me parece simplemente
inadmisible y vergonzoso. Se trata de un indicador de la desigualdad
de origen y de oportunidades, de un marcador de la exclusión
y de la falta de futuro.
El
origen étnico, la condición social y económica,
el grupo de edad al que se pertenece, la entidad federativa en
la que se vive, y la condición de ruralidad, se convierten
en factores de riesgo que favorecen el analfabetismo. Ser indígena,
pobre, anciano, de Chiapas, Guerrero u Oaxaca, y vivir en una
localidad rural, describe el perfil de este mal.
El
60 por ciento de los analfabetos son mujeres. Hay siete tantos
de diferencia entre las entidades federativas con las cifras extremas.
Uno de cada tres ancianos está en esta condición
y, en algunos casos, vivir en una pequeña comunidad registra
un riesgo de analfabetismo de ocho veces, respecto de quienes
habitan en ciudades de 100 mil habitantes o más.
Hay
que decirlo, una y muchas veces más: el analfabetismo es
una expresión dolorosa de la desigualdad, un marcador determinante
que resulta de la pobreza, un signo inequívoco del rezago
nacional, una causa de exclusión social, un componente
de la desesperanza y un elemento generador de vergüenza en
nuestra colectividad. México requiere con urgencia una
cruzada nacional en favor de la alfabetización.
Igualmente,
el país requiere que todas las instituciones hagan su mejor
esfuerzo para afianzar nuestra vida colectiva. No podemos ser
indolentes ante tendencias individualistas que sólo fortalecen
la desigualdad y la injusticia.
Sostengo,
como lo hice ante el Congreso de la República hace unos
días, que la crisis actual no es sólo económica.
Por desgracia, se trata también de una crisis de valores
que afecta a amplios sectores de nuestra sociedad. Por ello, para
salir de la situación en que actualmente nos encontramos,
además de retomar el ritmo de crecimiento, debemos trabajar
en el fortalecimiento de los valores, las actitudes y los derechos
que constituyen la base sobre la que se sustenta la convivencia
pacífica y civilizada de la colectividad.
Para
la Universidad estos valores son cruciales. A nuestros alumnos
debemos formarlos en ellos, enseñarlos a vivirlos cotidianamente.
No puede ser de otra forma. La labor docente de la Universidad
no se reduce a la formación de buenos profesionales, también
se ocupa de la formación de ciudadanos responsables, comprometidos
con la construcción de un país mejor.
Hoy
es una buena ocasión para reiterar la convicción
en lo indispensable que resultan nuestro régimen de libertades,
la igualdad, la solidaridad, la honestidad, la justicia y la tolerancia.
El cultivo de estos valores es lo que permite a las sociedades
mejorar y, además, procesar sus diferencias.
El
libro es parte representativa de lo más humano, compañero
de viaje de la vida, elemento mágico que recuerda y que
enseña. Los autores se van, los libros permanecen y siempre
encuentran a sus lectores.
Creo
firmemente que mientras tengamos a quienes escriban libros, que
en tanto contemos con quienes los publiquen, y que existan lectores
interesados, la sociedad tendrá futuro. Por eso tenemos
que incorporar en esta cadena de la vida intelectual a niños
y jóvenes; a ellos les tocará hacerlo mejor de lo
que lo hemos conseguido nosotros.
Con la seguridad de que con actividades como ésta la UNAM
y las instituciones y gobiernos participantes seguirán
promoviendo la cultura, enriqueciendo la formación cultural
de la sociedad mexicana y fomentando los valores cívicos
y laicos, declaro formalmente inaugurada la trigésima Feria
Internacional del Libro del Palacio de Minería.
Espero
que todos los asistentes disfruten esta fiesta del saber y de
las letras.
Muchas
Gracias