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MENSAJES





PALABRAS DEL RECTOR EN LA INAUGURACIÓN DE LA XXX FIL
PALACIO DE MINERÍA

Palacio de Minería
18 Febrero de 2009


Muy buenas tardes tengan todos ustedes, un gusto estar en esta oportunidad acompañado de todos ustedes.

Señor gobernador del estado de San Luis Potosí, gracias por sus amables comentarios, en nombre de todos los asistentes, nuestro agradecimiento por la invitación para acompañarle.

Señor secretario general del Gobierno del Distrito Federal y representante del jefe de Gobierno.

Señora directora general del Fondo de Cultura Económica y representante personal de la señora secretaria de Educación Pública.

Señor presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Señor presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana.

Señor director de la Facultad de Ingeniería.

Los señores exdirectores de la propia Facultad que están aquí presentes.

Muy estimadas, muy apreciados ex directoras y ex directores de entidades académicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

A los muy apreciados intelectuales, académicos, científicos que nos hacen el favor de acompañar; ejemplifico con el caso de Jorge López Páez, Premio Nacional de Ciencias y Artes. Muchas gracias por estar todos ustedes presentes.

A las señoras y señores representantes de los medios de comunicación, y a todos con quienes contamos en esta oportunidad.

Para la Universidad Nacional Autónoma de México es motivo de gran satisfacción y orgullo que la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería llegue este año a su trigésima edición. A lo largo de tres décadas ha cumplido con el propósito de promover la lectura, y de dar a conocer a la sociedad mexicana y a la comunidad universitaria las novedades de la industria editorial. Es, como otras ferias, un proyecto cultural de altos vuelos, que se ha consolidado en la aceptación de la colectividad.

En esta ocasión nos da mucho gusto tener como estado invitado a San Luis Potosí, que nos presentará algunos de sus fondos editoriales, como la colección de nuevos autores potosinos y el fondo editorial de El Colegio de San Luis.

En nombre de nuestra Universidad Nacional, expreso un reconocimiento a las 34 entidades universitarias participantes, así como a la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y, por supuesto, al gobierno de la Ciudad de México. Sin su intervención decidida, esta feria no tendría el éxito que podemos anticipar, por ello, a todos muchas gracias.

De igual forma, quiero destacar la labor realizada por la Facultad de Ingeniería en la organización de este evento que, por derecho propio, se ha constituido en una de las mayores tradiciones culturales de nuestro país y, en especial, de la Ciudad de México.

Hace 30 años, en la Facultad de Ingeniería se decidió retomar la iniciativa del rector Vasconcelos quien, en los albores de los años 20 del siglo pasado, y en este mismo sitio, organizó la primera feria del libro mexicano, como una de las acciones que puso en práctica en favor de la educación pública y la cultura de nuestra sociedad. Afortunadamente esta iniciativa ha rendido frutos y hoy se registran en el país más de 400 ferias para promover el libro.

La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería
sigue nutriéndose del mismo entusiasmo y ánimo con el que este esfuerzo universitario nació. Ha sido y sigue siendo una muestra del compromiso de la Universidad Nacional con la cultura del pueblo mexicano.

La cultura es, sin lugar a dudas, esencial para el desarrollo integral de los individuos. Es un elemento indispensable en la transformación y desarrollo de cualquier comunidad. Sin desarrollo cultural una sociedad se estanca.

En la historia del México moderno, el estímulo al desarrollo cultural ha provenido, en parte, de las universidades; para estas instituciones, la creación, el fomento, la difusión y la extensión de la cultura en todas sus expresiones, son parte de su quehacer sustantivo, de sus obligaciones con la sociedad.

Las universidades han contribuido, de manera significativa, a conformar la riqueza cultural de México y a fortalecer su infraestructura cultural. En nuestra casa de estudio siempre ha prevalecido la convicción de que la cultura es un componente fundamental de la educación, que se proporciona a los estudiantes ya que, además de enriquecer la vida académica, favorece un desarrollo social más armónico y contribuye a formar mejores ciudadanos.

A lo largo de su historia, la UNAM ha propiciado el encuentro de ideas y pensadores, de pensadores y publicaciones, de publicaciones y lectores. Es en esta perspectiva que se debe ubicar este evento.

En las últimas semanas hemos visto que la ciencia convoca, que la sociedad responde, que lo hace cuando, por ejemplo, los astrónomos invitan a la noche de las estrellas, o cuando se inician los festejos por el bicentenario del nacimiento de Darwin y el sesquicentenario de su obra cumbre El origen de las especies.

Durante los próximos días constataremos, una vez más, que el libro también convoca multitudes, que veintenas de miles de personas acudirán a este recinto; que en la sociedad hay miles de niños, de jóvenes, de adultos y ancianos interesados en la lectura; que las familias encuentran deleite en visitar estos espacios; que para muchos el libro es un artículo de primera necesidad y la lectura una de las actividades más placenteras.

Esto es así porque el libro es aventura e imaginación, fuente de conocimiento y de placer, mecanismo de aprendizaje y de exploración, punto de partida y de destino, camino y encrucijada, forma de diálogo y de auto exploración, compañía y vehículo de traslado.

En los últimos 30 años, en los que de manera ininterrumpida se ha organizado este espacio, muchas cosas han ocurrido. El mundo entero ha adquirido otra fisonomía. En las últimas tres décadas vivimos guerras y graves crisis petroleras, terminó la Guerra Fría, se derrumbó el muro de Berlín y se pretendió imponer la visión del mercado como dogma predominante en la conducción de las economías, e incluso en la planeación del desarrollo de las naciones. Esta pretensión ha sido autoderrotada por la crisis financiera actual.

También en estos 30 años hemos visto desarrollos impresionantes en materia científica y tecnológica. El conocimiento científico se ha convertido en una fuerza productiva directa. El desarrollo de la ciencia y la tecnología ha impactado, como pocas veces, en la historia de la humanidad, en casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Cuando la Feria arrancó su camino, no había telefonía celular, no se contaba con computadoras personales, la Internet existía en la imaginación y en el campo, por ejemplo, de las imágenes médicas o de la cirugía robótica, era incipiente.

Desafortunadamente, éstos y muchos otros cambios no parecen implicar un progreso verdadero. A pesar de los avances, continuamos arrastrando profundas y ancestrales injusticias, exclusiones y desigualdades extremas. México no es la excepción, seguimos teniendo problemas de fondo, estructurales, de siempre. Ahí siguen los millones de mexicanos que viven en condiciones de pobreza extrema, afectados por el desempleo, la ignorancia y el analfabetismo, por el hambre y la enfermedad.

A las viejas injusticias ahora se suma la falta de expectativas entre los jóvenes y su incertidumbre en torno a la existencia de un futuro mejor. Resulta indispensable generar las condiciones y efectuar las acciones pertinentes para estimular el ánimo y la esperanza entre los jóvenes mexicanos.

Por supuesto que, para ello, en nuestro país hay enormes posibilidades de contar con un porvenir mejor al que hoy parecen enfrentarse.

Debemos hacer un alto en el camino para examinar las fallas de nuestra generación; tenemos que aceptar que los avances no se han convertido en mejoras del bienestar y la calidad de vida de la mayor parte de la sociedad; que los adelantos no se han traducido en el logro de una sociedad más justa, más incluyente, menos desigual; que hemos ganado confort y hemos perdido principios.

El año pasado, en la ceremonia inaugural de la Feria, expresé mi preocupación por la existencia de seis millones de mexicanos que no saben leer ni escribir. Hoy lo reitero, me parece simplemente inadmisible y vergonzoso. Se trata de un indicador de la desigualdad de origen y de oportunidades, de un marcador de la exclusión y de la falta de futuro.

El origen étnico, la condición social y económica, el grupo de edad al que se pertenece, la entidad federativa en la que se vive, y la condición de ruralidad, se convierten en factores de riesgo que favorecen el analfabetismo. Ser indígena, pobre, anciano, de Chiapas, Guerrero u Oaxaca, y vivir en una localidad rural, describe el perfil de este mal.

El 60 por ciento de los analfabetos son mujeres. Hay siete tantos de diferencia entre las entidades federativas con las cifras extremas. Uno de cada tres ancianos está en esta condición y, en algunos casos, vivir en una pequeña comunidad registra un riesgo de analfabetismo de ocho veces, respecto de quienes habitan en ciudades de 100 mil habitantes o más.

Hay que decirlo, una y muchas veces más: el analfabetismo es una expresión dolorosa de la desigualdad, un marcador determinante que resulta de la pobreza, un signo inequívoco del rezago nacional, una causa de exclusión social, un componente de la desesperanza y un elemento generador de vergüenza en nuestra colectividad. México requiere con urgencia una cruzada nacional en favor de la alfabetización.

Igualmente, el país requiere que todas las instituciones hagan su mejor esfuerzo para afianzar nuestra vida colectiva. No podemos ser indolentes ante tendencias individualistas que sólo fortalecen la desigualdad y la injusticia.

Sostengo, como lo hice ante el Congreso de la República hace unos días, que la crisis actual no es sólo económica. Por desgracia, se trata también de una crisis de valores que afecta a amplios sectores de nuestra sociedad. Por ello, para salir de la situación en que actualmente nos encontramos, además de retomar el ritmo de crecimiento, debemos trabajar en el fortalecimiento de los valores, las actitudes y los derechos que constituyen la base sobre la que se sustenta la convivencia pacífica y civilizada de la colectividad.

Para la Universidad estos valores son cruciales. A nuestros alumnos debemos formarlos en ellos, enseñarlos a vivirlos cotidianamente. No puede ser de otra forma. La labor docente de la Universidad no se reduce a la formación de buenos profesionales, también se ocupa de la formación de ciudadanos responsables, comprometidos con la construcción de un país mejor.

Hoy es una buena ocasión para reiterar la convicción en lo indispensable que resultan nuestro régimen de libertades, la igualdad, la solidaridad, la honestidad, la justicia y la tolerancia. El cultivo de estos valores es lo que permite a las sociedades mejorar y, además, procesar sus diferencias.

El libro es parte representativa de lo más humano, compañero de viaje de la vida, elemento mágico que recuerda y que enseña. Los autores se van, los libros permanecen y siempre encuentran a sus lectores.

Creo firmemente que mientras tengamos a quienes escriban libros, que en tanto contemos con quienes los publiquen, y que existan lectores interesados, la sociedad tendrá futuro. Por eso tenemos que incorporar en esta cadena de la vida intelectual a niños y jóvenes; a ellos les tocará hacerlo mejor de lo que lo hemos conseguido nosotros.

Con la seguridad de que con actividades como ésta la UNAM y las instituciones y gobiernos participantes seguirán promoviendo la cultura, enriqueciendo la formación cultural de la sociedad mexicana y fomentando los valores cívicos y laicos, declaro formalmente inaugurada la trigésima Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

Espero que todos los asistentes disfruten esta fiesta del saber y de las letras.

Muchas Gracias

 


"Por mi raza hablará el espíritu"

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