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MENSAJES

 

PALABRAS DEL RECTOR DE LA UNAM, JOSÉ NARRO ROBLES, EN LA INAUGURACIÓN DEL ENCUENTRO “DIÁLOGOS POR LA UNIVERSIDAD QUE QUEREMOS”

Universidad Autónoma del Estado de Morelos
Mayo 8 de 2012

Señoras y señores, agradezco la invitación que me hicieran el doctor Alejandro Vera Jiménez, rector de esta Universidad Autónoma del Estado de Morelos, y el presidente de la Federación de Estudiantes, Fermín Esquivel Díaz, para participar en estos Diálogos por la Universidad que Queremos. Aprovecharé esta honrosa oportunidad para compartir con ustedes algunas ideas y reflexiones sobre una institución de suma importancia para el desarrollo de nuestro país, la universidad pública.

Contexto del trabajo de las universidades públicas

En primer término, considero importante ubicar el contexto en el que la universidad pública lleva a cabo sus funciones en nuestra nación. Según datos del censo realizado en 2010, la población total de nuestro país ascendía a 112.3 millones de habitantes. De ellos, 10 millones correspondían a los hombres y mujeres que tenían de 19 a 23 años, esto es, a los que se considera en edad de asistir a una institución de educación superior.

No obstante, de estos últimos, para el ciclo escolar 2010 sólo dos millones 980 mil formaban parte de la matrícula de educación superior, es decir que están inscritos en un programa de este nivel. Esto significa que la cobertura únicamente alcanza al 29.8 por ciento de esa población. Para tener una idea de la cantidad tan limitada que representa esa cifra, se debe señalar que en 2009, Finlandia tenía una cobertura de 91 por ciento, que en Estados Unidos alcanzaba casi al 86 por ciento, que en Argentina era de 69 por ciento, y que el promedio de América Latina era nueve puntos superior a la nuestra.

Como parte del contexto en que desarrollan su trabajo nuestras universidades públicas, me referiré a dos situaciones adicionales. En primer lugar, a que el llamado “bono demográfico” pronto se va a empezar a agotar. Esto es, en pocos años se acabará la ventaja que implica el hecho de tener un contingente de personas en edad de trabajar, superior al de las personas económicamente dependientes.

Antes de que concluya esta década, comenzará a aumentar el índice de dependencia, por el incremento en el número de adultos mayores, y cerca del 2025, se habrá perdido la oportunidad que ha representado el “bono demográfico”, condición que, al menos en varias décadas, ya no se volverá a registrar.

Para sacar provecho de lo que nos queda en esa ventana de oportunidad, se deben incrementar muchos servicios, entre otros las posibilidades de acceso a la educación superior, lo cual no estamos haciendo al ritmo que se requiere. Se estima, por ejemplo, que para duplicar en 2020 la cobertura actual de educación superior y llegar al 60 por ciento, tendríamos que disponer de 300 mil nuevos espacios cada año.

Por ello, resulta urgente tomar la decisión de destinar los recursos necesarios e iniciar el camino de inmediato. Lo peor de todo es que no tenemos un plan para conseguirlo. Desafortunadamente todo se reduce a la retórica.

El segundo asunto está relacionado con una dolorosa realidad de nuestro país. Según los datos de la Encuesta Nacional de Juventud, en México existían en 2010 cerca de siete millones 800 mil jóvenes que, por falta de oportunidades, no estudiaban ni trabajaban; ésta, debemos reconocerlo, es una cifra que lastima.

Por más explicaciones que se quieran ofrecer, no puede aceptarse que tal cantidad de jóvenes no estén en la escuela, o por lo menos que tengan algún empleo, un empleo digno, con las prestaciones de ley. Menos se puede admitir que se argumente que tal número es grande porque se trata de mujeres que cumplen con su misión histórica: la de permanecer en sus hogares, la de cuidar maridos, hijos y parientes viejos o con discapacidad.

No podemos aceptar estos argumentos simplistas que eluden las obligaciones gubernamentales. La verdad es que se requiere establecer más, muchas más oportunidades para nuestros jóvenes, para hombres y mujeres. No podemos aceptar que para todos ellos no existan oportunidades educativas o laborales. En todo caso, si hubiera que hacer una distinción de género, es obvio que habría que dar prioridad a las mujeres.

Estos son algunos de los elementos que conforman parte del contexto en el cual las universidades públicas de nuestro país realizan sus funciones de docencia, investigación, difusión y extensión de la cultura.

Atributos de la universidad pública

A continuación haré una descripción de tres de los principales atributos de la universidad pública. Atributos que le permiten contribuir con el desarrollo de la nación y que debemos defender y promover. Estoy claramente hablando de su carácter público, de la autonomía y de la pluralidad, que implica la libre discusión de ideas y, en consecuencia, de tolerancia.

Un aspecto que resulta decisivo para la sociedad mexicana es, precisamente, el carácter público que tiene el tipo de universidad a la que hacemos referencia y a la que orgullosamente pertenecemos quienes estamos aquí reunidos.

La condición de universidad pública implica un claro compromiso con la sociedad en su conjunto, para formar profesionales en todas las áreas del conocimiento, capaces de desenvolverse en un mundo cambiante y exigente, con conciencia social y pensamiento crítico. El carácter público nos obliga a ser transparentes y a rendir cuentas a la sociedad.

El carácter público entraña la responsabilidad de abrir las puertas del conocimiento a los jóvenes capaces de los estratos sociales más pobres, muchos de quienes son los primeros de sus familias en acceder a la educación superior. Implica también la obligación de poner la ciencia al servicio de los más desprotegidos y en favor de la lucha contra las graves injusticias que prevalecen en nuestro país.

Junto con el carácter público, la autonomía es otro atributo que distingue a las universidades públicas de otras instituciones. La autonomía les ha permitido contar con procesos de decisión institucional más ágiles, así como con una mayor flexibilidad para adaptarse a las necesidades y demandas sociales al margen de intereses de cualquier tipo.

Asimismo, les permite tener una mayor legitimidad y reconocimiento en las comunidades universitarias respecto a las decisiones y disposiciones institucionales, en la medida en que son tomadas o avaladas, efectivamente, por sus órganos colegiados, en libertad y con independencia de otros grupos o sectores de interés.

La pluralidad, por su parte, nos brinda la riqueza de contar con distintas ideas, diversos modos de ver la vida y la sociedad, diferentes profesiones y disciplinas con sus respectivos métodos y sistemas, todos con la misma misión: la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la belleza.

La libre discusión de las ideas que caracteriza a la universidad pública no debe tener más límite que el uso de la razón. La razón es el mecanismo idóneo para enseñar, para aprender, para investigar, para difundir y acceder a la cultura y, sobre todo, para no desviar el rumbo en la búsqueda de la verdad.

La tolerancia, otro de los valores universitarios fundamentales. Nos enseña el respeto y la consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean distintas a las propias. La tolerancia es lo que permite a los universitarios vivir a plenitud la pluralidad y el rechazo a cualquier signo de dogmatismo.

Importancia de la universidad pública para la sociedad

Quiero referirme ahora a la importancia de la universidad pública para la sociedad, particularmente, en el caso de México. Para ello conviene preguntarse ¿Cuáles son sus principales aportaciones y contribuciones?

Para empezar, no es exagerado afirmar que las universidades públicas en México han sido y siguen siendo la columna vertebral del sistema de educación superior del país. Un sistema que se ha expandido y diversificado en forma notable durante las últimas décadas. De las universidades públicas ha dependido la atención a la mayor proporción de la matrícula que actualmente cubre al 68 por ciento de los estudiantes de educación superior.

Las universidades públicas han sido también fundamentales para el desarrollo de la educación media superior, a pesar de que tanto la Federación como los gobiernos de los estados, paulatinamente, se han hecho cargo de este nivel de estudios.

Las universidades públicas son las que cultivan la gama más extensa de campos disciplinarios y profesionales, que incluye tanto las ciencias y las tecnologías, como las humanidades, las artes y las ciencias sociales. Gracias a ellas, el país cuenta con una diversidad de programas de posgrado de alta calidad y en ellas se lleva a cabo la gran mayoría de las actividades de investigación científica, social y humanista.

El desarrollo social y económico logrado en México no podría explicarse sin la contribución y participación de los egresados universitarios. Los egresados y los académicos de nuestras instituciones han tenido y tienen influencia en la definición de las políticas públicas que se adoptan en el país, tanto en su diseño como en su puesta en práctica y evaluación.

En particular, a través de sus programas de posgrado, las universidades públicas contribuyen con el sistema nacional de ciencia, tecnología e innovación, así como al desarrollo del propio sistema educativo a través de los estudios que se realizan y de la formación de profesores e investigadores.

En el ámbito de la cultura, que es también el de la expresión de las ideas y de los ideales, las universidades públicas han hecho aportaciones importantes. En ellas, además de las acciones directas de extensión y de difusión cultural, se forman los humanistas, los intelectuales y los artistas de diferentes géneros, los escritores y los poetas, los comunicadores y los expertos en el conocimiento de la sociedad.

La universidad pública también ha hecho aportaciones al sistema político mexicano, entendido no únicamente como la clase política, sino de manera más amplia como la organización del Estado-nación. La universidad pública ha contribuido y debe seguir haciéndolo de manera significativa, a la construcción y consolidación de un verdadero Estado de derecho, a la promoción y defensa de los derechos humanos y civiles, así como al reforzamiento de la identidad y la cohesión de la nación.

Los estudios universitarios, además de enriquecer y vigorizar la participación en la vida política, propician una mayor responsabilidad ciudadana y fortalecen los regímenes democráticos. Fomentan una mejor convivencia social y promueven los valores laicos que permiten superar prejuicios y adoptar actitudes de respeto y tolerancia, de responsabilidad, solidaridad y compromiso social. En pocas palabras, inciden significativamente en elevar el nivel de desarrollo humano sostenible de la población en general.

Es en las instituciones de educación superior, sobre todo en las universidades públicas, donde pueden recrearse y transmitirse los valores que caracterizan a las sociedades democráticas. Es en estos espacios de pluralidad y tolerancia, donde los integrantes de la sociedad pueden estructurar su pertenencia social, sin ser excluidos por su identidad étnica, regional, lingüística, económica, cultural, religiosa o de clase, mucho menos por su condición de género.

Una manifestación del reconocimiento de la importancia de la universidad pública radica en el hecho de que es una de las instituciones que suscita mayor confianza en la sociedad. En la población en general, sobre todo entre los padres de familia, prevalece correctamente la expectativa de que los jóvenes alcancen una formación universitaria, aspiración que no está desligada del importante papel que han tenido las universidades públicas en la movilidad social.

Desafíos de la universidad pública del siglo XXI en México

Veamos ahora cuáles son los retos que enfrenta la universidad pública mexicana en este siglo. Cuáles son esos desafíos que requieren de cambios y avances en la institución, para permitirle cumplir con su misión en esta centuria, además de hacerlo de mejor manera.

Como muchas otras de las expectativas sociales, la educación superior constituye una meta a lograr. En algunos países, en los más desarrollados, estas expectativas se han convertido en una realidad. Destaca el hecho de que en ellas es contundente la tendencia a la universalización de la cobertura de la educación terciaria.

En nuestro país, como se vio anteriormente, aún estamos lejos de lograr oportunidades educativas adecuadas para nuestros jóvenes. En el mejor de los casos, solamente tres de cada 10 jóvenes en edad de cursar estudios de educación superior están inscritos en programas educativos de este nivel.

Por otro lado, de cada 100 niños que ingresan a la primaria, sólo 21 egresan de la educación superior. Peor aún, únicamente 13 se titulan.

Esta situación, aunada a un promedio nacional de escolaridad que apenas sobrepasa los ocho años, y a un rezago escolar de 32 millones de personas, afecta indudablemente al sistema económico, sobre todo en la perspectiva de la llamada economía del conocimiento, en la que resulta fundamental contar con personas altamente capacitadas para desarrollar labores complejas. Por supuesto que esto afecta de manera especial las expectativas de mejoramiento social de millones de mexicanos.

El panorama actual de la educación en México se caracteriza, desgraciadamente, por el rezago y por una calidad heterogénea y muy poco satisfactoria. Ante esto, se requiere de acciones y metas a mediano y largo plazos, así como de una firme y decidida política de Estado para convertir a la educación, a la ciencia y la cultura, en motores del desarrollo nacional.

Es imprescindible promover y reivindicar el derecho a la educación, porque constituye la vía primordial para la superación de la condición humana. Como lo he señalado en otras oportunidades: se debe concebir a la educación como un derecho humano. Considero que entenderla así, es uno de los mayores avances éticos en la historia. A medida que se expande el papel del conocimiento en el mundo, el derecho a la educación debe garantizarse también para los niveles superiores. Como bien público y social, la educación superior debe llegar a ser accesible para todos, bajo criterios de calidad, equidad y pertinencia. La única condición debe ser el cumplimiento de los requisitos académicos establecidos.

Cabe advertir una tensión que se da entre la formación universitaria y el llamado “mercado de trabajo”, que probablemente se agudizará en la medida en que se avance en la cobertura de educación superior y en tanto persistan las crisis económicas recurrentes tanto en el ámbito internacional como en el nacional.

A mí me queda claro que no hay, ni puede haber, una plena correspondencia entre la formación universitaria y la incorporación al mercado laboral. Ambas se rigen por fines distintos y códigos propios.

Esto no implica que se soslaye la incidencia recíproca entre los sistemas económicos, los modelos laborales y los educativos.

Por supuesto que las instituciones educativas deben buscar que los egresados tengan efectivamente la capacidad profesional necesaria para insertarse en el mercado laboral de la mejor forma.

Sin embargo, lo que no puede aceptarse es que la educación pública se limite sólo a producir profesionales para los mercados existentes.

Las instituciones públicas de educación superior deben mirar más allá de los mercados, deben formar personas capaces de mejorar las condiciones de la sociedad en general, esto incluye los mercados que ya existen y los que pueden crearse en el futuro.

También deben formar personas capaces de enriquecer el espíritu humano, aunque algunos sostengan que para ellos no existen espacios en el mercado laboral. Las ciencias sociales y las humanidades son fundamentales para el desarrollo de las sociedades y no necesariamente cuentan con un nicho de mercado. No por ello deben dejarse de lado.

Es por todo esto que he dicho y ahora lo reitero, que las instituciones públicas de educación superior no pueden renunciar a su responsabilidad de formar recursos para los mercados, pero tampoco a la de preparar personas capaces de crear nuevos mercados, y por supuesto, a la de educar personas que, al margen de los mercados, trabajen para enriquecer el espíritu humano.

Las universidades públicas deben también, y lo están haciendo, trabajar en incrementar la calidad de la educación y en mejorar la formación integral de sus alumnos. La noción de calidad en la educación universitaria no puede desligarse del vínculo imprescindible con la sociedad y, por ende, del concepto de pertinencia. Concepto entendido en nuestro caso, como la congruencia y oportunidad de la educación respecto de las necesidades sociales. Es evidente que bajo el criterio de pertinencia no pueden reducirse las necesidades sociales y tampoco las culturales, artísticas y humanas al ámbito económico.

Como ya se indicó, un gran reto del país es el de incrementar la cobertura en educación superior. Pese a sus limitaciones de crecimiento, las universidades públicas deben enfrentar este desafío con medidas que ayuden a garantizar la permanencia y el egreso de los estudiantes. Éste es el caso, en especial, de quienes proceden de los sectores más desfavorecidos y para quienes la educación superior constituye un medio importante de movilidad social, que les permite contar con mejores oportunidades de inserción laboral en el sistema económico y con un mejor equipamiento para la vida ciudadana y su desarrollo personal.

También tenemos que lograr que en todas las instancias de gobierno se comprenda que sin educación no hay futuro y que esa comprensión se traduzca en decisiones, en asignaciones presupuestales y en acciones específicas.

La baja cobertura en educación superior, más que un problema de las universidades públicas, lo es del sistema social en su conjunto. Se trata de un problema que tiene que ser resuelto por el Estado nacional, por los poderes instituidos y por el conjunto de la sociedad mexicana. Pareciera que la norma en el caso de las universidades públicas ha sido que exista solamente una en cada entidad federativa, pero nada imposibilita que se puedan crear otras más. Como tampoco nada impide que las que ahora existen puedan crecer de forma ordenada y con los recursos necesarios.

Es imprescindible también, aumentar y fortalecer los estudios de posgrado, en particular los de doctorado, ya que esto permitiría incrementar las capacidades de investigación en el país y contar con los expertos y profesionales de alto nivel que son necesarios para lograr una mayor productividad y competitividad internacional. Esto no debe hacerse de manera desligada de la investigación. Preocupa por ello el crecimiento desmedido y sin control de las maestrías en supuestas instituciones educativas que pertenecen al sector privado.

Por ello, un desafío adicional que mira al futuro, es la necesidad de incrementar sustancialmente las actividades de investigación, no sólo en el campo científico y tecnológico, sino también en las ciencias sociales, las humanidades y las artes. En México, como sucede en muchos países de América Latina y otras regiones en vías de desarrollo, la investigación científica se lleva a cabo básicamente en las universidades públicas. Sin ellas, prácticamente no habría ciencia, y quizá tampoco investigaciones humanísticas y sociales.

Nuestro país también enfrenta un gran reto en materia de innovación. Es cierto que la educación superior y sus instituciones tienen que vincularse más con el sector productivo, pero también lo es que éste tiene que interesarse más en generar y promover la ciencia y la tecnología nacionales.

En México no hay una tradición en las empresas nacionales, con destacadas excepciones, de destinar recursos para investigación y desarrollo. El reto de la innovación tecnológica debe ser abordado conjuntamente por instituciones académicas, el Estado y la iniciativa privada. Uno solo de los laboratorios de la industria farmacéutica multinacional invirtió en investigación y desarrollo más del doble de lo que destinaron el gobierno y las empresas mexicanas en todos los campos del saber.

Los retos de la educación superior pública son complejos. Por ello se requiere de un adecuado financiamiento. En el caso de nuestro país, a pesar de la expansión que la primera ha tenido en las últimas décadas, puede sostenerse que las pautas del financiamiento público no han correspondido a una estrategia clara y definida. El país no ha contado con una política de financiamiento con visión de Estado para la educación superior, la ciencia y la tecnología.

En la coyuntura del proceso electoral en que nos encontramos, todos los candidatos a la presidencia de la República han hecho planteamientos sobre la educación superior. Algunos de los formulados por las universidades públicas han sido retomados por ellos. Qué bueno que así sea. Sin embargo, nos gustarían compromisos más sólidos. Es hora de pasar de las declaraciones a las propuestas, de transformarlas en planes y programas específicos, de formularlas con la intervención de las universidades públicas.

Nos gustarían señalamientos más firmes para ampliar el acceso de los jóvenes a la educación superior, para incrementar significativamente la cobertura nacional, y para implementar los presupuestos plurianuales para las instituciones públicas. Es hora del compromiso con la nación y, sobre todo, con sus jóvenes. Es tiempo de que se elabore el proyecto para que en una década se alcance la cobertura universal en el bachillerato.

¿Qué hacer para que en el futuro nuestra época no sólo sea identificada como la de los grandes desarrollos tecnológicos? ¿Qué debemos modificar para que no se nos diluyan las ideas y los sentimientos? ¿Cómo conseguir que no sean el placer y la insaciabilidad nuestros acompañantes principales en el viaje de la vida? Pienso sinceramente que a las universidades les toca poner las cosas en equilibrio. Para conseguirlo, habremos de dar prioridad a las humanidades y las artes en contra de las tendencias que pretenden disminuirlas.

Por ello, en la Universidad del siglo de ustedes, de los jóvenes, cada vez serán más necesarias la filosofía, la literatura, la poesía, la historia, la música o las artes plásticas.

Para concluir

Termino con algunos comentarios sobre la gran responsabilidad que tienen las universidades públicas y, por ende, quienes formamos parte de sus comunidades.

En la universidad pública del siglo XXI se debe tener muy claro que las funciones de educar, investigar y extender la cultura, no son fines en sí mismos, sino que constituyen medios para responder a la sociedad en la que se ubican e interactúan esas instituciones.

Las universidades públicas son objeto de múltiples demandas, desde las que formulan los propios actores universitarios, hasta las expectativas que el gobierno y los diversos sectores sociales tienen sobre ella.

Como se ha expresado en las recientes conferencias mundiales de educación superior, las universidades públicas deben reforzar sus funciones y actividades de servicio a la sociedad, orientadas a la erradicación de la pobreza, la intolerancia, la violencia, el analfabetismo, el hambre, las enfermedades y el deterioro del ambiente.

Un gran compromiso de las universidades consiste en ayudar a construir una sociedad más justa. El conocimiento tiene una gran responsabilidad con la humanidad para contribuir a disminuir las abismales desigualdades que caracterizan a muchas de las regiones del mundo. El conocimiento no puede ser neutro, tiene que tomar partido por lo humano, tiene que estar de lado de los que más lo necesitan.

Schopenhauer tenía razón cuando citaba los mitos clásicos de Ixión y de Tántalo para plantear uno de los dilemas fundamentales de la existencia humana: el del deseo o la necesidad y el de la satisfacción o la saciedad. Al respecto, Irvin Yalom pregunta si acaso nos contentamos cuando nos saciamos. Él responde que sólo lo hacemos por breve tiempo, que casi de inmediato nos ponemos de nueva cuenta en movimiento para tratar de alcanzar más de algo que paradójicamente nos sobra, y al mismo tiempo, nos hace falta.

Cualquier similitud con la construcción de los grandes capitales o con la acumulación de bienes materiales, no es simple coincidencia. Lo que llama poderosamente la atención, es que esto no pase en el campo de los sentimientos o de la vida interior.

Éste es el contexto y estos son los retos y tendencias que enfrentan nuestras comunidades en el presente. La universidad pública del siglo XXI es la universidad pública del presente. No podemos pensar que el siglo XXI es el futuro, el siglo XXI es hoy. Tenemos que empezar a realizar las acciones y tomar las medidas que permitan a nuestras universidades ubicarse a la vanguardia de la formación de ciudadanos, de profesionales, de maestros y doctores; de la investigación en todas las áreas; de las aportaciones para la solución de los problemas de nuestra región y del país; en la vanguardia del desarrollo tecnológico y de la innovación. El futuro lo hacemos hoy.

A los estudiantes, y en especial a los maestros de la Universidad del siglo XXI, habría que recordarles también que cuando no se sepa algo, hay que decir "no sé" en vez de intentar construir una respuesta que seguramente será equivocada o si acaso será justificadora de nuestro desconocimiento.

De nuevo regreso a Schopenhauer para ejemplificar el punto con una anécdota. Un día alguien le planteó algo que él desconocía y sin pudor alguno respondió escuetamente: "no sé". Su interlocutor le señaló que pensaba que un erudito como él debía saberlo todo. A cambio de ese señalamiento, recibió como respuesta un contundente: "ningún conocimiento es ilimitado; lo único que no tiene límites es la estupidez".

Para los jóvenes una recomendación: leer. Leer mucho, leer de todo, ¡hasta libros de texto! Hay una tarea adicional para las universidades de este siglo. Junto con la recuperación colectiva de las ideas, tenemos que rescatar los ideales, los valores y principios más tradicionales. Tenemos que conseguir que el siglo XXI sea recordado en el futuro, como el siglo del nuevo renacimiento. Tenemos la responsabilidad histórica de trabajar para ello y además, de conseguirlo.

Muchas gracias.

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