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MENSAJES

 

PALABRAS DE LA CONFERENCIA EDUCACIÓN Y DESARROLLO EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE, DICTADA POR EL RECTOR DE LA UNAM, JOSÉ NARRO ROBLES, EN LA OEA, CÁTEDRA DE LAS AMÉRICAS.



Washington, EU
Junio 19 de 2012

 

Muchas gracias y muy buenas tardes tengan todas y todos ustedes. Señor secretario general de la OEA, don José Miguel Insulza. Señor embajador Leónidas Rosa Bautista, presidente del Consejo Permanente de la Organización. Señor Embajador de México ante esta Organización de los Estados Americanos. Señoras, señores embajadores que nos hacen el favor de acompañar.

Estimado Lázaro Cárdenas, muchas gracias por hacerme la deferencia de acompañarme. Apreciada doctora Silvia Núñez, muchas gracias. Y muchas gracias a todas y todos ustedes por estar presentes en esta oportunidad.

Introducción

Antes que nada, quiero agradecer la invitación a participar en este importante espacio de la Cátedra de las Américas. Es para mí una distinción, que mucho le agradezco al señor secretario general de la Organización, me haya concedido para tener la oportunidad de presentar a ustedes algunas reflexiones sobre la educación y el desarrollo en América Latina y el Caribe.

Él, de una manera clara, puntual y breve, atributos que no necesariamente se me dan, resumió el tema y cuando lo oía me planteaba y ahora qué digo. Sí, lo dijo y lo dijo muy bien y podría yo seguir el viejo truco de aquel ex director de la UNESCO que decía que uno tiene que estar preparado siempre con discursos largos y cortos; la vida diplomática, que no se me da tampoco, como se puede notar luego luego, exige eso.

Y decía este personaje: el corto tiene que ser siempre gracias, y el largo, muchas gracias. Entonces, casi tendría que empezar y terminar de esa manera, pero voy a aprovechar el reto de presentar algunos datos en torno a la importancia de la educación, la ciencia y la tecnología para el desarrollo de los países latinoamericanos.

Asimismo, plantearé algunas ideas sobre los retos que al respecto enfrenta nuestra región.

La educación es uno de los factores que más influye en el avance y en el progreso de personas y sociedades. Además de proveer conocimientos, la educación enriquece la cultura y el espíritu, los valores y todo aquello que nos caracteriza como humanos.

La educación es, definitivamente, necesaria para el desarrollo en todos los sentidos. Para el avance democrático; para el impulso de la ciencia, la tecnología y la innovación; para alcanzar mejores niveles de bienestar social y de crecimiento económico; para nivelar las desigualdades económicas y sociales; para ampliar las oportunidades de los jóvenes; para elevar las condiciones culturales; para vigorizar los valores cívicos y laicos que fortalecen las relaciones de las sociedades; para propiciar la movilidad social de las personas; para acceder a mejores niveles de empleo; para el fortalecimiento del Estado de Derecho. En suma, la educación contribuye a lograr sociedades más justas, productivas y equitativas.

La educación siempre ha sido importante para el desarrollo, pero ha adquirido mayor relevancia en el mundo de hoy que vive profundas transformaciones, motivadas en parte por el vertiginoso avance de la ciencia y sus aplicaciones, así como por el no menos acelerado desarrollo de los medios y las tecnologías de la información. De hecho, estos avances han apresurado los procesos asociados a la globalización.

La educación es un bien social liberador de los seres humanos. De hecho, en el mundo contemporáneo se recomienda que cubra al menos a todos los niños y jóvenes hasta los 16 años. De particular importancia es la educación de las niñas y las jóvenes. Para los seres humanos, la educación resulta en más años de vida y mayor calidad en los mismos, en el terreno individual genera prosperidad y en el colectivo progreso. Por el contrario, sin educación se disminuye la condición humana, se pierde dignidad y el ser humano permanece en los rincones de la historia, con menos posibilidad de desarrollar sus potencialidades.

En las economías modernas el conocimiento se ha convertido en uno de los factores de la producción más importantes. Las sociedades que más han avanzado en lo económico y en lo social son las que han logrado cimentar su progreso en el conocimiento, tanto el que se transmite con la escolarización, como el que se genera a través de la investigación. De la educación, la ciencia y la innovación tecnológica dependen, cada vez más, la productividad y la competitividad económicas, así como buena parte del desarrollo social y cultural de las naciones.

Sin embargo, debemos decir que dichos avances no son homogéneos en el mundo. Como en otros procesos de la historia, los avances se han dado fundamentalmente en los países desarrollados, donde se cuenta con sistemas educativos y científicos sólidos, donde se genera la investigación de punta, donde el conocimiento es usado para crear nuevos productos y servicios, al igual que para diversificar la producción.

En cambio, en las naciones atrasadas dichas transformaciones sólo se ven de lejos. Este es el caso de la mayor parte de las naciones latinoamericanas y del Caribe.

Esta situación es un contrasentido, en virtud de que nuestros países tienen hoy en día enormes potencialidades derivadas de nuestra riqueza histórica y cultural, entre las cuales destaca el hecho de que contamos con dos de las grandes culturas originarias del planeta e igualmente en razón, de los grandes recursos naturales y la enorme biodiversidad que los caracteriza, pero también, como se ha señalado, de la buena salud de sus finanzas públicas, de la democracia que se ha construido de la gobernabilidad que hoy se tiene.

Desarrollo y desigualdad en América Latina y el Caribe

Para entender mejor el papel que la educación desempeña en el desarrollo de Latinoamérica conviene pasar revista a su estado actual, así como tener claro que la nuestra no es la región más pobre del planeta, pero sí la que destaca por ser la que registra los mayores niveles de desigualdad.

La región de América Latina y el Caribe tiene una extensión geográfica que equivale al 14 por ciento de la superficie del planeta, y en ella habitaban más de 590 millones de personas en 2010. Esto significa que en la actualidad, uno de cada doce seres humanos vive en la región.

Se trata además de una población, como lo señalaba usted señor secretario, relativamente joven, ya que la mediana de la edad es menor a 28 años, cifra que compara con los casi 45 de Japón, los 40 de Europa o los 37 de los Estados Unidos. Cabe destacar que casi una quinta parte, 17.8 por ciento, tiene entre 15 y 24 años de edad, 106 millones de jóvenes. Esto es, América Latina cuenta con un gran “bono demográfico” que puede y debe ser capitalizado en la presente década. Si se pierde la oportunidad, en dos o tres décadas se convertirá en un terrible “pagaré poblacional”.

La región latinoamericana tiene, además de una cultura compartida por varios siglos de historia, una gran riqueza natural. Cuenta con el 10 por ciento de las reservas naturales de petróleo mundiales y el cinco por ciento de las de gas; con la mayor reserva de bosques y de madera del mundo y el 46 por ciento de la oferta renovable anual de agua potable; con el 25 por ciento de la tierra cultivable del mundo y más del 40 por ciento de la producción y de las reservas mundiales de cobre y de plata; con el 46 por ciento de la cosecha mundial de soya, al igual que con el 25 por ciento de la oferta mundial de carne bovina y el 21 por ciento de la carne de pollo. Latinoamérica es, así, una región con enormes potencialidades.

Sin embargo, en términos económicos y demográficos, América Latina es un continente altamente concentrado. Actualmente, siete países: Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile, Perú y Uruguay concentran 84 por ciento del PIB y el 75 por ciento de la población regional.

Entre esas naciones, sólo las dos primeras aportan más de la mitad, 58 por ciento de la producción bruta regional y cuentan con el 52 por ciento de la población total. Brasil en el lugar nueve y México en el décimo primero, forman parte de las primeras economías del mundo.

No obstante esas condiciones, al comparar la región con otras más desarrolladas, queda en evidencia que es mucho todavía lo que falta por hacer. Por ejemplo, el ingreso nacional bruto per cápita de América Latina y el Caribe ascendía, en 2010, a 7,733 dólares, mientras que en la Europa del euro la cifra fue de 38,565 dólares. Cinco tantos de diferencia.

Asimismo, las tasas de mortalidad infantil y la de menores de cinco años, que son indicadores muy representativos de las condiciones socioeconómicas, en América Latina son entre cuatro y seis veces superiores al promedio de las que registran los países europeos.

En el ámbito social las brechas entre los países latinoamericanos son grandes. La pobreza y la desigualdad son los problemas que más perturban las condiciones de vida de la población. En 2010, la pobreza afectaba todavía al 31 por ciento de la población, lo que representa 177 millones de personas, entre ellos, 70 millones de latinoamericanos que sufren pobreza extrema.

La desigualdad es un problema histórico y estructural en esta parte del mundo. De hecho, como ya se indicó, la nuestra es la región más desigual del planeta. Según datos del Banco Mundial, en 2010, el diez por ciento de la población acumulaba, en promedio, 38.6 por ciento de la riqueza, mientras el diez por ciento más pobre concentraba apenas el 1.3 por ciento, una diferencia de casi 30 tantos.

De otro lado, si consideramos a América Latina como unidad, ocupa la posición 76 en la clasificación del Índice de Desarrollo Humano de 2011, muy lejos de los países de la Europa del euro. Más aún, los diferentes valores de este índice entre los países latinoamericanos confirman las fuertes desigualdades regionales en materia de desarrollo social en nuestro continente.

Chile y Argentina, por ejemplo, se clasifican como países de muy alto desarrollo humano, apenas abajo de Francia; México y Uruguay registran un nivel de desarrollo humano alto semejante al de varios países de Europa del Este; en tanto que Haití presenta cifras similares a las que tienen las naciones africanas menos desarrolladas.
La desigualdad es, además, un problema que se relaciona con la crisis de valores que vive el mundo. Genera un sentimiento de inferioridad entre los que casi nada tienen, además de que, entre los más jóvenes, provoca desilusión con respecto a los valores que dan cohesión, estabilidad y paz a las sociedades.

Al respecto, cabe destacar que en 2008, según la Organización Internacional del Trabajo, el 18.5 por ciento de los jóvenes latinoamericanos de entre 15 y 24 años de edad no estudiaban ni trabajaban. Se trata de 20 millones de jóvenes que se encuentran en esta condición lamentable.

En adición, en América Latina se estima que dos de cada tres jóvenes están en situación de fragilidad social debido a que están empleados en actividades precarias, en razón de que son desempleados o de que no estudian ni trabajan.

En la actualidad, uno de cada dos jóvenes se emplea en la economía informal, por lo que su nivel de ingreso es mucho más reducido que el de los trabajadores formales. De igual manera, carecen de derechos laborales, de seguridad social, de atención a la salud, y también están condenados a una baja productividad.

Situación actual de la educación en América Latina y el Caribe

La región latinoamericana ha mejorado su situación con respecto a la educación de sus habitantes, así como en el ámbito de la ciencia y la investigación. Entre 1970 y 2010 el promedio de años de educación de la población de 15 años y más se incrementó de 4.5 a 7.8 años, no obstante, dicha cifra se ubica por debajo del promedio de la OCDE, que es de 11.1 años. Son 3.3 años los que nos separan de este último dato. Lo que no podemos hacer es esperar otras cuatro décadas para que a mediados del siglo lleguemos al punto que seguramente esas naciones ya habrán superado.

Al bajo promedio de escolaridad se suma en la región el problema del analfabetismo. Es cierto que la población analfabeta latinoamericana se redujo de 26 por ciento en 1970, a 8.3 por ciento en 2010 entre los mayores de 14 años. No obstante, a pesar de los avances en alfabetización y educación, todavía existían, en 2010, más de 35 millones de personas que no sabían leer ni escribir.

La población analfabeta se localiza mayormente en los países más pobres y dentro de éstos afecta con mayor intensidad a los grupos indígenas y rurales, así como a las mujeres, que constituyen casi dos terceras partes de los analfabetos. Los mayores índices de analfabetismo se concentran en Bolivia y algunas naciones centroamericanas, donde una elevada proporción de sus habitantes mayores de 15 años están excluidos de esta capacidad elemental.

El componente educativo del Índice de Desarrollo Humano ilustra las desigualdades regionales. En 2011, en América Latina, dicho índice alcanzó una cifra promedio de 0.528. Cabe destacar que países como Argentina con un índice de 0.708, Jamaica con 0.704, Chile con 0.688 y Uruguay con 0.681, se ubicaron por arriba del promedio latinoamericano, mientras que en naciones varias con cifras muy por debajo como 0.392, 0.350 o hasta Haití con 0.241 se encuentran en una situación de desventaja.

Educación superior, ciencia y desarrollo tecnológico

En educación superior las diferencias regionales son también significativas. Los principales retos que enfrenta la educación superior en América Latina y el Caribe son: la baja cobertura, la calidad heterogénea  y un financiamiento insuficiente.

En 2009, con una matrícula total cercana a los 20 millones de alumnos, la cobertura en este nivel educativo fue apenas de 37 por ciento. Es decir, todavía seis de cada diez de nuestros jóvenes en la edad correspondiente, no tienen acceso a la educación superior.

Cabe destacar que países como Argentina con 69 por ciento, Uruguay con 65 y Chile con 55 por ciento, tienen coberturas de educación superior cercanas a la de los países desarrollados. No obstante, el promedio latinoamericano se ubica muy lejos del de América del Norte y Europa Occidental, que es de 72 por ciento, o del correspondiente a Europa Central y Oriental en donde alcanza 65 por ciento.

La baja cobertura en educación superior, más que un problema de las universidades, lo es de los sistemas nacionales, es decir, es un problema que tiene que ser resuelto conjuntamente por los Estados, por las estructuras gubernamentales y de los poderes instituidos y por la sociedad de cada país.

Debemos aprovechar la oportunidad que nos ofrece la gran población de jóvenes que tenemos actualmente. Debemos lograr que todas las estructuras gubernamentales y también las organizaciones sociales comprendan que sin educación no hay futuro promisorio. La educación es uno de los grandes igualadores sociales. La educación es una prioridad que debe concretarse con recursos públicos suficientes.

Otro reto que enfrenta la educación superior consiste en elevar y garantizar la calidad. Pocas cosas tan fallidas como las que resultan de simular la preparación de profesionales que concluyen sus estudios, sin contar con los conocimientos y las capacidades esperadas.

Sin embargo, aquí quiero hacer notar que la noción de calidad en la educación universitaria no puede ni debe desligarse del vínculo imprescindible con las estructuras de la sociedad. En América Latina y el Caribe la mayoría de las universidades públicas, que son las que educan a una mayor cantidad de alumnos y las que desarrollan la mayor parte de la investigación en nuestros países, tienen fuertes vínculos con la sociedad y asumen funciones que en otras latitudes no son propias de esas instituciones.

Con respecto al financiamiento, me concentraré en un indicador esencial: el gasto por estudiante. Éste es significativamente menor al de los países desarrollados.

En primer término, se debe mencionar a Brasil, cuyo gasto por estudiante alcanzó los 11,610 dólares anuales en 2008. Sobresalen también Chile y México con un gasto anual de 7,504 y 6,829 dólares al año, respectivamente. En ese mismo año el gasto promedio por estudiante de la OCDE, se ubicó en 13,717 dólares, mientras que el de los países de América Latina fue inferior a la mitad de esa cifra.

En materia de ciencia y desarrollo tecnológico la situación de Latinoamérica es también desigual. La inversión media en esta materia, que en 1998 había sido del 0.57 por ciento del PBI regional, apenas aumentó al 0.69 por ciento en 2009. El promedio de Europa fue de 1.83 por ciento del PIB, casi tres veces la cifra de nuestra región.

Además, hay países donde la inversión en investigación y desarrollo se ubica entre cuatro y siete veces por arriba del promedio de América Latina. Este es el caso de Israel, con el 4.3 por ciento, de Suecia con 3.6, de Japón con 3.3 y de Estados Unidos con 2.8 por ciento del PIB.

La formación de nuevos investigadores en América Latina es también reducida. En 2010, la cifra llegó a 15 mil 249 en nuestra región, cantidad poco significativa frente a los 53 mil 639 graduados de los Estados Unidos. Cabe destacar que más de la mitad de los doctores graduados en América Latina correspondieron a Brasil. Si calculamos estas cifras con relación a la Población Económicamente Activa, resulta que mientras la región latinoamericana gradúa a cinco doctores por cada 100 mil integrantes de esa población, en Corea del Sur la cifra es de 41, y en Estados Unidos de 38. Esto representa entre siete y ocho veces más que en Latinoamérica.

Con respecto a los resultados de la actividad científica regional, analizados a través de las publicaciones científicas y de las patentes producidas, cabe destacar que a pesar del importante crecimiento observado en la última década, son poco significativos a nivel mundial. En 2008, el número total de publicaciones científicas en América Latina ascendió a 49,791. Esta cifra representó apenas el 4.9 por ciento del total mundial en el mismo año.

Por otra parte, del total de patentes triádicas producidas en 2009, los países latinoamericanos que las generaron fueron Brasil con 58, México con 13 y Chile con 9 patentes. Latinoamérica aportó así sólo 80 patentes, lo que significa el 0.2 por ciento del total mundial que ascendió a 47,022 en ese año.

La carretera latinoamericana del conocimiento

Es este contexto de historias y culturas comunes, de grandes posibilidades y potencialidades, pero también de enormes desigualdades económicas, sociales y educativas, aquel en el que la cooperación latinoamericana debe contribuir a reducir las brechas regionales, apoyar el fortalecimiento de la estructura educativa e impulsar el desarrollo científico común.

La cooperación es condición ineludible para que los países latinoamericanos puedan transitar hacia una sociedad basada en el conocimiento. En este proceso las universidades, especialmente las públicas, tienen mucho que decir y hacer. Por ello, deben adoptar una posición más activa en sus respectivas naciones.

Debemos aprovechar la ventaja de las tecnologías de la información y la comunicación, para promover una mayor cooperación dirigida a ayudar a resolver los problemas fundamentales de nuestra región. La colaboración debe abarcar a todos los países de América Latina y el Caribe. Las posibilidades de cooperación en materia de educación superior son múltiples.

Sin embargo, cualquier estrategia común al respecto deberá, a mi juicio, considerar al menos tres ejes fundamentales: la movilidad regional de académicos y estudiantes; la organización de un nuevo modelo de universidad latinoamericana, y la formación del Espacio Común Latinoamericano y del Caribe de la Educación Superior y la Investigación. No partimos de cero, existen proyectos en marcha y una enorme experiencia ganada en el pasado.

En la comunidad académica latinoamericana nos hemos dado cuenta que el tema de la internacionalización es algo más que una posibilidad. Nos percatamos de las enormes ventajas de compartir proyectos. La democracia y la integración son dos pilares fundamentales y dos ideas históricas que han ido adquiriendo una renovada fortaleza. El proceso de integración educacional de América Latina y el Caribe debe partir del reconocimiento de su interdependencia cultural, económica, política y social.

Desde esta alta tribuna propongo que un grupo de las mejores universidades de América Latina y el Caribe, incluida la que represento, conjuntamente con la Organización de los Estados Americanos y de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, la CEPAL, genere una propuesta que se someta a la consideración de los gobiernos de nuestros países para avanzar en esta dirección.

A manera de conclusión

Somos muchos los que sostenemos que hoy, más que nunca, frente a los problemas que aquejan al ser humano y al planeta, la solución pasa necesariamente por la educación y por la ciencia, pero también por el arte, las humanidades y la cultura.

No resulta extraño entonces que Fernando Savater sostenga que la educación es indispensable para el correcto funcionamiento de una sociedad democrática y que buena parte de su tarea radica en “formar personas íntegras, en cultivar la humanidad y la ciudadanía en cada uno de nosotros”. Para él, es tal su importancia que “nunca es un asunto privado, siempre es un asunto público, porque el efecto de la buena o la mala educación es social y nos alcanza a todos”.

Siguiendo su pensamiento, todos somos educados por alguien, más bien por muchos. El punto es qué educación recibimos y quiénes nos educan. Si somos afortunados nuestros educadores serán padres responsables, maestros preparados, medios de comunicación éticos y con capacidad pedagógica, al igual que figuras públicas que dan ejemplo y transmiten valores. De lo contrario, nos educarán padres desentendidos, grupos de maleantes, y los peores ejemplos de la televisión y otros medios de comunicación, o el decir y el hacer de los frívolos, fanáticos y simuladores.

Es por esto que la tarea de la buena educación consiste en llegar e instalarse antes que la educación torcida. La responsabilidad de la sociedad en la materia consiste, en palabras de Savater en “educar  a favor de la sociedad, a favor del progreso, de la tolerancia, de la libertad, antes de que (las) personas sean educadas en contra de esos valores y a favor de sus opuestos: de la superstición, la xenofobia, la intransigencia, el integrismo y la violencia; ese es el verdadero dilema. Tenemos que educar antes que los malos educadores cumplan su función”.

Los países latinoamericanos se encuentran hoy en la posibilidad de intensificar la colaboración en un plano horizontal y de luchar juntos por encontrar un lugar en el concierto global y entre los bloques de países que se han conformado en el mundo.

Debemos mirarnos más como región que comparte tradiciones y una cultura que abarca todos los ámbitos del quehacer humano. Debemos pensar en grande, concebir nuestro futuro como el que corresponde a una de las regiones más ricas y productivas del planeta en todos los sentidos, debemos ganar  confianza en nosotros mismos.

América Latina necesita una educación superior que eleve sus capacidades científicas y técnicas, pero también que produzca valores ciudadanos. La educación superior, sobre todo la pública, es un poderoso instrumento para abatir la desigualdad y la pobreza, para construir una sociedad más justa y equitativa.

En el contexto del mundo actual, más global e integrado, en el que los países emergentes van a ser los protagonistas del crecimiento mundial, Latinoamérica tiene un enorme potencial que debe ejercer a lo largo de esta década y que la va a aproximar definitivamente al desarrollo. Parafraseando a Lula Da Silva podría decir: “América Latina está cansada del subdesarrollo”, llegó el tiempo del progreso, la justicia y de un nuevo modelo de desarrollo.

Para concluir, quiero recordar lo que hace no mucho decía José Mujica, hoy presidente de Uruguay, quien exhortaba a contagiar el placer por el conocimiento y señalaba que la educación es el puente para transitar entre el hoy y el mañana que queremos, un puente, decía yo, que es largo y difícil de cruzar, pero que es seguro. Esto es así y, sin duda, se requiere de grandes esfuerzos de manera sostenida. Atendamos el llamado de la razón e iniciemos la marcha al porvenir.

Concluyo esta honrosa distinción con el lema latinoamericanista y humanista de mi Universidad: “Por mi raza hablará el espíritu”.

Muchas gracias

 



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