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PALABRAS
DEL RECTOR DE LA UNAM, JOSÉ NARRO ROBLES, EN
LA CEREMONIA CON MOTIVO DEL CENTENARIO LUCTUOSO DE JUSTO
SIERRA.
San
Ildefonso
Septiembre 12 de 2012
En nombre de la Universidad Nacional
Autónoma de México, doy a todos ustedes
la más cordial bienvenida a esta ceremonia en
la que recordamos el centenario luctuoso de don Justo
Sierra Méndez, quien merecidamente fuera designado,
por nuestra institución y otras del continente,
como “Maestro de América”, en reconocimiento
a su gran labor educativa.
México es tierra pródiga en hombres y
mujeres de talento. Justo Sierra Méndez es, sin
duda, uno de ellos, uno de los más destacados,
uno de los más ilustres y excepcionales.
Alfonso Reyes decía que todos los mexicanos veneran
y aman la memoria de Justo Sierra. Esto sigue siendo
válido. Por eso estamos aquí reunidos.
Para honrar la memoria de quien fuera uno de los grandes
impulsores de la educación pública en
nuestro país. Lo hizo desde el Congreso de la
Unión y desde el entonces ministerio de Instrucción
Pública y Bellas Artes. Lo hizo cuando impulsó
el carácter obligatorio para la educación
primaria y cuando fundó la Universidad Nacional
de México.
Nuestra casa de estudios es una de las más antiguas
del continente americano. Si bien su historia se remonta
a la Real Universidad constituida en 1551, es hasta
1881 cuando Justo Sierra elaboró, en su calidad
de diputado y a la edad de 33 años, el primer
proyecto para crear la Universidad Nacional, proyecto
que no prosperó. Años después,
ya como ministro de Instrucción, presentó
una nueva propuesta que, finalmente, culminó
con la inauguración de la Universidad Nacional
de México el 22 de septiembre de 1910, como parte
de los festejos del primer centenario de la Independencia
nacional.
Al dar vida a la Universidad Nacional, Justo Sierra
creó una institución fundamental para
la modernización de México. Los estrechos
vínculos entre la Universidad y la nación,
al igual que los resultados de esa relación,
son la mejor muestra de la razón que Justo Sierra
tenía al pensar que México requería
una institución liberadora, capaz de darle a
la sociedad la emancipación mental que le permitiera
avanzar en el camino de la modernización.
El ilustre sabio mexicano trazó
y definió a la Universidad con precisión.
Él pensó en una institución grande
y con grandeza. Esa visión suya forma parte de
la realidad, de nuestra realidad, desde hace muchos
lustros. Él imaginó una institución
con alcance nacional, dedicada a cultivar el saber,
laica, apartada de dogmas y credos de cualquier signo,
con plena libertad académica, formadora de valores
y de ciudadanos libres.
Justo Sierra fundó en su momento una Universidad
nueva, una Universidad de y para todos los mexicanos.
Fundó una institución que efectivamente
ha participado en las luchas libertarias y democráticas
del pueblo mexicano, en el aprovechamiento de los conocimientos
universales en beneficio de la sociedad, en la lucha
contra la ignorancia y la injusticia. Justo Sierra creó
una institución ligada y comprometida con la
nación.
Justo Sierra nos dio origen pero también destino.
Con él obtuvimos causa, razón y ethos.
Él nos proporcionó casa, patrimonio y
carta de navegación. Él nos enseñó
y de su obra y ejemplo seguimos aprendiendo. Por si
todo eso fuera poco, nos heredó a uno de los
más grandes rectores que la UNAM haya tenido,
al ilustre ingeniero Javier Barros Sierra.
Es claro que el México de hoy es diferente al
de los tiempos de Sierra. Muchos y muy grandes son los
avances que la nación mexicana ha experimentado
en lo económico, en lo social, en lo cultural
y en lo político. Los niveles de vida de la actualidad
son, por mucho, muy superiores a los de aquellos años.
Sin embargo, así como hay que reconocer los avances,
también hay que señalar que seguimos padeciendo
muchos de los antiguos males. La contrastante desigualdad
económica y social sigue constituyendo nuestro
gran lastre. La pobreza y la opulencia no parecen moderarse
como pedía Morelos. La ignorancia, el desempleo,
la desnutrición, las enfermedades evitables y
las carencias esenciales, todavía afectan a millones
de mexicanos. Por si esto fuera poco, la inseguridad
y la violencia se han apoderado de muchos lugares de
nuestro territorio y la colectividad sufre también
los problemas que acarrea el nuevo desarrollo.
Ante este panorama, tenemos que decir, parafraseando
a nuestro fundador, que México sigue con hambre
y sed de justicia. México no avanza como corresponde
a su ubicación en el mundo ni al tamaño
de su economía. México vive en la medianía
desde hace varios lustros. No progresa de forma suficiente
en lo económico y tampoco resuelve los ingentes
problemas de la mayoría. Por ello, para muchos
de nosotros, no hay duda, México necesita un
viraje sustantivo en el camino por el que ha transitado
durante las últimas décadas.
Es hora de reconocer que nuestros grandes problemas
nacionales, los actuales y los históricos, no
tendrán solución si seguimos por la misma
ruta, si no se realizan reformas de fondo, si no se
definen políticas alternativas, si no se imagina
y diseña un nuevo proyecto para el desarrollo
nacional. Es tiempo de recordar el ejemplo de Sierra
y otros que confiaron en la educación y el saber
para transformar la sociedad.
Nuestros grandes rezagos, nuestros lacerantes contrastes
y las profundas desigualdades económicas y sociales
que nos afectan, no tendrán solución si
no adoptamos nuevas estrategias que rompan con las inercias
que nos frenan. No es empeñándonos en
caminar por rutas recorridas, como lograremos proyectar
al país en el horizonte de los cambios que el
mundo entero vive.
Menos aún servirán esos senderos para
enfrentar los nuevos desafíos: los retos alimentarios
que amenazan con rebasarnos; los problemas energéticos
que pronto serán críticos si no hacemos
algo; las nuevas y costosas patologías que acompañan
el envejecimiento poblacional; los problemas derivados
de las aglomeraciones urbanas; el continuo deterioro
del medio ambiente; el gran problema del abastecimiento
de agua; el crecimiento de las adicciones entre nuestros
jóvenes, o los retos planteados al Estado y a
la sociedad por parte de grupos delictivos.
Es hora de reconocer que el modelo económico
que hemos seguido ya no funciona. La prioridad no puede
consistir en sólo mantener los equilibrios de
las finanzas públicas. El simple control de las
variables macroeconómicas y del déficit
público, no pueden ser más importantes
que el bienestar colectivo y que el propio crecimiento
de la economía. No pueden pesar y valer más
los equilibrios fiscales, que los desequilibrios sociales.
Los nuevos cursos de desarrollo deben poner en el centro
de la atención el crecimiento económico
con desarrollo social. Tenemos que reconocer que ningún
proyecto económico vale la pena si no sirve para
mejorar las condiciones de vida de la gente y el actual
no lo está haciendo.
Debemos apostar por nuestros niños y por los
jóvenes del país. Por aquellos grupos
por los que Justo Sierra trabajó. Él tenía
razón, sigamos su ejemplo con determinación.
Requerimos nuevos diseños para impulsar un verdadero
desarrollo económico fortaleciendo las instituciones
sociales. Tenemos que repensar y revalorar la política
social en su conjunto. Es hora de que todas las fuerzas
políticas del país tengan altura de miras
para pensar en la nación, más que en los
legítimos intereses particulares. La tarea es
colectiva, es de todos y requiere de pactos, de un gran
acuerdo nacional de todas las fuerzas y sectores. Es
por México y todos debemos contribuir con lo
que nos corresponde.
Tenemos que avanzar hacia una sociedad más abierta
y moderna, donde el conocimiento sea valorado, donde
la cultura sea estrictamente preservada, donde los jóvenes
no tengan que exigir que se les regrese la esperanza
que algunos les están hurtando. Donde los niños
no mueran por causas que son evitables. Donde no haya
exclusión y todos puedan desarrollar sus capacidades,
mediante el acceso a todo tipo de bienes y servicios
fundamentales.
Donde no exista analfabetismo, hambre ni pobreza extrema.
Queremos un México donde se viva en paz, sin
los niveles alarmantes de violencia que estamos experimentando,
donde se pueda transitar libremente y con seguridad
por todos los caminos del territorio nacional. Necesitamos
recuperar la paz y la armonía. Necesitamos que
predomine el Estado de derecho, que se abatan la corrupción
y la impunidad, que el sistema de justicia funcione
de manera expedita y equitativa. Necesitamos más
mecanismos e instancias para la solución de los
problemas, mediante el diálogo, la tolerancia
y el respeto a la diversidad y la pluralidad.
No puedo terminar esta intervención sin compartir
con ustedes mi convicción de que la Universidad
Nacional creada por Justo Sierra, ha realizado su tarea
en favor de México, y que lo seguirá haciendo.
Esta certeza es parte del homenaje que podemos ofrecer
a nuestro ilustre fundador.
La Universidad Nacional Autónoma de México
seguirá conservando el vínculo primigenio
con la nación. Por ello conviene reiterar con
fuerza y convicción las tantas veces citadas
palabras de Justo Sierra y que escuchamos anteriormente:
“No, no será la Universidad una persona
destinada a no separar los ojos del telescopio o del
microscopio, aunque en torno a ella una nación
se desorganice”, y yo digo, no será así,
porque la Universidad continuará atenta al curso
de los asuntos que preocupan a los mexicanos.
No lo será en virtud de que miles y miles de
universitarios continuarán documentando y sosteniendo
sus verdades sobre la realidad de México y el
mundo.
Hace apenas unos días, otro gran rector de nuestra
institución, don Pablo González Casanova
me decía una frase maravillosa en referencia
a lo que México requiere, el decía: “mejor
educación para más”. En su frase
dejaba implícito qué quería decir
con más, pero yo me atrevo a complementar su
aseveración: mejor educación para más
ciudadanos, mejor educación para más bienestar,
para más igualdad, para más justicia,
para más estabilidad. En suma, México
debe mejorar su educación para alcanzar más
desarrollo.
Los problemas que tenemos son complejos y tomará
tiempo atenderlos, pero tienen solución. La única
condición para resolver la vieja y la nueva patología
social es asegurar que a México no se le enferme
el alma. Eso, desde la Universidad, no podemos permitirlo.
No tengo duda que avanzar en más y mejor educación
en todos los niveles, para todos los mexicanos, es el
mejor homenaje que el país podría hacer
a la vida y obra de don Justo Sierra, quien consideraba,
y cito, que “en el fondo todo problema, ya social,
ya político… implica necesariamente…
un problema de educación”. Por la vigencia
de su vigoroso pensamiento, mucho es lo que todavía
hoy, en estos momentos difíciles para la nación,
podemos seguir aprendiendo del Maestro de América.
Para terminar quiero compartir un pensamiento que encontré
en los diarios de septiembre de hace un siglo, donde
al recordar al maestro muerto se decía: “Don
Justo Sierra, el espíritu más sano, la
conciencia más clara, el corazón más
amoroso, el intelecto más sabio, el maestro más
amado de sus discípulos, el hombre más
estimado por todos, ha entregado la vida. Un intenso
dolor conmueve todos los corazones que le amaron. Seguramente
no hay un solo espíritu culto en esta tierra
que no llore esa muerte.
“Con el maestro Sierra se ha
ido la más grande representación del fruto
intelectual de nuestra patria. Los hombres jóvenes,
la vida nueva, el pequeño gran mundo de las aulas
y las academias queda huérfano y triste. El maestro
ha muerto. Todas las almas lloran”.
Por mi raza hablará el espíritu.
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